La tristeza tiene una gran tarea
La tristeza tiene como meta algo muy difícil...
Cuando hablamos de emociones “difíciles”, lo hacemos desde una mirada meramente cultural. No estamos acostumbrados a entrar en contacto, de forma natural, con aquellas emociones que nos invitan a ir hacia dentro.
La emoción que hoy me ocupa es la tristeza: esa gigante gentil y azul que habita el pecho y lo recorre de arriba abajo. Al menos así la visualizo en mí cuando viene a visitarme.
Algunas veces no llega sola. Puede venir acompañada de su amigo el miedo; otras, de su amiga la rabia; y, de vez en cuando, llegan todos en compañía de la famosísima culpa, a quien también conozco bastante bien, ya es casi de la familia.
Antes, cuando este grupo de emociones venía a visitarme, yo solía esconderme de ellas, como cuando llega a casa una visita inesperada y te refugias en la habitación, esperando que se vaya por sí sola.
Estos días me ha tocado atravesar un momento profundamente triste. Esta vez, sabiendo que ciertas emociones suelen llegar juntas, fui preparándome para recibirlas. La primera en aparecer fue la rabia: llevaba varios días sintiéndome muy molesta. Así que, de manera consciente, comencé a abrirle espacio e invitar también a la tristeza.
Hoy está aquí, acompañándome. Pero esta vez su visita se siente amable y gentil. Me ha traído una buena ración de lágrimas y mocos, aunque no permanece todo el tiempo, viene por ratitos y después se queda cerca.
Sé que está aquí para acompañarme mientras atravieso este momento. Y la invitación que me hace es la siguiente:
Tristeza
“Vengo de paso. Será un paso sutil, pero no una tarea sencilla. Por eso voy a pedirte que seas valiente y me permitas guiarte en este pequeño viaje hacia tu interior. Para hacerlo, necesito que permanezcas quieta. Ven, recuéstate…”
Así que le hice caso. Avisé en casa que dedicaría una buena parte del día a una cita con mi tristeza, me metí entre las cobijas y allá fuimos.
Esta vez, el viaje no estuvo acompañado por las lágrimas y los mocos del principio. Fue más bien un recorrido hacia dentro: hacia observar mis sensaciones, pensamientos y sentimientos sin intervenir, permitiéndoles simplemente formar parte del viaje.
No salí a buscar una respuesta concreta. Solo me fui abriendo a lo que aparecía, sabiendo que estaba a salvo en mi cama, rodeada de almohadas, sábanas frescas y un vaso de agua.
Después de un rato salí de la habitación y le dije a mi esposo:
—Listo, por hoy ya tuve mi momento de depresión. Ahora estoy lista para salir un ratito.
La tristeza fue muy gentil conmigo. Esta vez le presenté a tres nuevas integrantes (bastante sofisticadas) de mi nuevo círculo cercano: la veracidad, la gracia divina y la aceptación.
Al parecer, juntas están preparando una deliciosa receta llamada crecimiento.
La veracidad: en medio de esta pérdida y de emociones como la tristeza, el miedo, la rabia y la culpa, llegó para ayudarme a disminuir la intensidad. Se convirtió en una gran aliada porque me permitió soltar mis expectativas acerca de lo ocurrido y distinguir entre lo que sé y lo que no sé:
Sé que sentí un amor enorme. Sé cuánto tiempo, cuidado, presencia y ternura puse en ese amor. Sé cuánto disfruté y valoré aquello que compartimos. Eso es verdad y me pertenece.
Lo demás, aquello que no sé, se lo entrego al misterio de la vida. No necesito obsesionarme con encontrar todas las respuestas. Cuando aparece la angustia, llamo a mi nueva amiga: la veracidad.
La gracia divina: cuando pienso en ella, imagino a la diosa Venus representándola. Para mí, consiste en recibir lo ocurrido reconociendo que no todo fue producido por mí y que tampoco tiene que ver con lo que merezco o dejo de merecer.
Cuando aparece la culpa, la gracia divina se convierte en su antídoto:
No todo depende de mí. También existen situaciones que simplemente recibo de la vida.
La aceptación: no es lo mismo que la resignación. Esta fue, quizá, la parte más difícil: renunciar a las fantasías, a los “hubiera” y a la ilusión de control.
Es aquí donde la tristeza puede revelarse en una de sus formas más maravillosas. Cuando acepto que hay cosas que no comprendo y que no puedo controlar, dejo de luchar contra ellas y, poco a poco, las entrego.
El proceso y su magia
Por primera vez siento que no estoy apresurando mi proceso de tristeza. No significa que permanezca en cama todo el día, porque la vida también tiene su propia agenda. Significa que estoy siendo paciente: haciendo espacio para mis amigas, las emociones difíciles; conociéndolas mejor y recordando que están de paso.
A ellas se han sumado los nuevos ingredientes de mis amigas sofisticadas: la veracidad, la gracia divina y la aceptación. Después de integrarlos, comienza otro proceso muy bello: permitir que todo se cocine lentamente hasta crear la receta más maravillosa, ese pastel llamado crecimiento.
Sé que su preparación toma un poco más de tiempo. No se puede apresurar lo que necesita reposar, transformarse e integrarse.
Al final, la tarea de la tristeza es mucho más sencilla —aunque no necesariamente fácil— de lo que imaginaba: ayudarnos a aceptar las pérdidas.
Y, por ahora, la cama y el sofá han sido lugares muy apropiados para hacerlo…
Con cariño,
Ceci

