Bypass espiritual: cuando la espiritualidad se convierte en una forma de evasión.

Hoy en día es fácil tomar una actitud espiritualista que, a modo de “tapadera”, trata de no hacer frente a una realidad dolorosa, al tiempo que evita la confrontación con los conflictos internos y externos de la vida de los seres humanos. Esta actitud o maquillaje de “buenismo” viene desde hace unos años, en la época del New Age, cuando empiezan a llegar todas estas corrientes antiquísimas del mundo oriental al mundo occidental, como una promesa superficial y mágica en la que se omiten las verdaderas buenas prácticas de autoobservación, profundidad, reflexión y transformación, que constituyen el camino más largo, un precio que muy pocos están dispuestos a pagar.

El bypass espiritual resulta especialmente tentador para aquellas personas que tienen dificultades para afrontar los desafíos evolutivos que les presenta la vida. Debajo del disfraz de “persona espiritual” muchas veces se esconde una vieja identidad disfuncional basada en la evitación de los problemas psicológicos. El denominado “camino espiritual” no es una pastilla que tomamos para quitarnos el dolor, sino un proceso de autoconciencia por el que reconocemos nuestra profundidad. El camino requiere coraje para descubrir, integrar y transformar.

Cuando el dolor es evadido mediante la absorción de ideologías y doctrinas que anulan nuestro discernimiento, estamos haciendo un bypass, es decir, un “pasar por al lado de” sin afrontar realmente aquello que inquieta pero que tanto nos transforma cuando es mirado.

“En verdad, tanto la espiritualidad sin psicoterapia como la psicoterapia sin una práctica atencional, contemplativa y silenciosa pueden resultar dimensiones incompletas.”

José María Doria, Las 40 Puertas.

¿Qué se entiende por evasión espiritual?

La evasión espiritual suele manifestarse de diferentes formas: una actitud de desapego exagerado, represión emocional, excesiva racionalización, fobia a la rabia, compasión ciega o una tolerancia exagerada que invalida la propia integridad, límites débiles o demasiado porosos, infravaloración de lo personal respecto a lo espiritual y un enfoque obsesivo por alcanzar un nivel “superior” a costa de los niveles inferiores.

Estas ideas suelen expresarse en frases que parecen positivas, pero que pueden esconder una forma de negación emocional:

“Debería ser más positivo/a”.

“Universo, sorpréndeme”.

“Debería meditar más para superar mis pensamientos negativos”.

“Las emociones negativas son tóxicas”.

“El enfado denota menor desarrollo espiritual”.

La principal causa de la evasión espiritual es la tendencia a evitar el dolor. Cuanto mayor es nuestro miedo al dolor, más extremas tienden a ser nuestras evasiones. La primera clave para salir del dolor es mirarlo de frente, algo que requiere una actitud de afecto y apertura interna. La curación del dolor se halla en el dolor mismo. En el corazón podemos dar cabida a todo y dejar que ahí se produzca la alquimia que transforma el dolor en compasión.

La evasión espiritual nos mantiene atascados en la creencia de que existen “niveles superiores” y “niveles inferiores”, en lugar de concebir la vida como un proceso continuo de descubrimiento y maduración.

¿Es la meditación una evasión o escape?

Es muy fácil decir que uno “está en paz” cuando se ha retirado del mundo. “Yo estoy en paz” desde una cueva del Himalaya, pero la pregunta importante es: ¿estás en paz con tu esposo?, ¿con tu jefe?, ¿con tus hijos? ¿con tu vida?.

Cuando no hay conflictos, contradicciones o responsabilidades, cualquiera puede sentirse en paz, pero esa paz puede ser una ilusión. Vivimos además en una cultura que premia la happycracia (un término popularizado por los autores Edgar Cabanas y Eva Illouz en su libro Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas). No queremos enfrentarnos a las fricciones que ocurren como parte natural de la vida y activarnos para enfrentarlas. Por eso, alejarse de los retos puede convertirse en una forma de escapismo para no tener que lidiar con ellos.

Somos seres sociales y la vinculación, las relaciones y la convivencia son oportunidades de conocernos a profundidad, siempre que exista la voluntad de hacerlo. La verdadera paz no se vive únicamente en una cueva o en un cuarto de meditación; se vive en el tráfico, con la pareja, con los hijos, con el jefe. Se manifiesta en la forma en que reaccionamos o respondemos ante los conflictos cotidianos.

¿Entonces, para qué meditar?

Cuando mi maestra me preguntó: Ceci “¿Para qué meditas?”, me encanta que me rompa la cabeza, para cuestionarme y reflexionar, el pensamiento crítico es un músculo que hay que entrenar, y si me puse a pensar si es tan sencillo como cultivar mi autoconciencia, para estar atenta de mí misma, para anticiparme, reconocerme y responder en lugar de reaccionar, para darme cuenta de cuándo estoy cometiendo un error y tener la oportunidad de dignificarlo y repararlo. Pero esto no se logra solo con la meditación, no es suficiente, pero si es una gran práctica con secuelas biológicas.

La meditación también permite hacer comunión con el cuerpo, reconocerme en diferentes ambientes y vínculos, identificar en cuáles mi cuerpo se siente seguro y en cuáles se activa. No se trata de poner el problema fuera de mí, sino de conocerme.

La atención consciente tiene además una base neurocientífica sólida. La ciencia explica que la atención es una capacidad entrenable. Cada vez que llevamos voluntariamente la atención a la respiración, a las sensaciones corporales o al momento presente, fortalecemos circuitos cerebrales asociados con la regulación emocional y la autoconciencia.

Entre los efectos observados se encuentran el fortalecimiento de la corteza prefrontal, relacionada con la toma de decisiones, la planificación, el control de impulsos y la capacidad de responder en lugar de reaccionar; la reducción de la reactividad emocional mediante la modulación de la actividad de la amígdala; una mayor conexión cerebro-cuerpo a través de la interocepción; la promoción de la neuroplasticidad y una mejor regulación del sistema nervioso mediante la activación del sistema nervioso parasimpático.

La atención es mucho más que concentrarse. Es la capacidad de volver a nosotros mismos. Cada vez que llevamos la atención al cuerpo, a la respiración o al momento presente, entrenamos al cerebro para vivir con mayor claridad, regulación y equilibrio.

¿Es la meditación una moda?

Como ocurre con cualquier práctica, la meditación puede ser útil o puede ser mal comprendida. Hoy en día muchas prácticas se convierten rápidamente en estilos de vida de moda, y es precisamente ahí donde resulta imprescindible ejercer el sentido común y el pensamiento crítico. No se trata de seguir ciegamente rituales.

Existen sistemas de prácticas meditativas mal asimiladas, mal comprendidas y sacadas de contexto que, lejos de ayudar, pueden generar efectos contrarios. Muchas personas creen que están avanzando cuando en realidad no están caminando hacia ningún lugar, y esto puede producir un nivel importante de frustración.

“Una cosa es estar equivocado, y otra muy distinta es estar confundido”.

En ocasiones se utiliza la meditación para construir una identidad. Hay quienes abandonan trabajos estables para abrir un centro de yoga porque consideran que es una opción “más espiritual”. También existen quienes, influenciados por la imagen proyectada en redes sociales, construyen un personaje asociado al yoga, la meditación o la espiritualidad. Sin embargo, cuando la práctica se convierte en una identidad o en una forma de escapar de las responsabilidades, deja de cumplir su función transformadora.

“El poder del mantra: el camino directo y sin escalas a la frustración”

El problema consiste en que, de forma bastante obvia, la gente que es feliz de verdad no se dedica a repetir constantemente lo feliz que es. Tampoco necesita convencerse a sí misma de que está en paz, de que todo es perfecto o de que tiene una actitud positiva frente a la vida. La felicidad genuina suele ser una consecuencia de cómo vivimos, nos relacionamos y afrontamos nuestra experiencia, no el resultado de repetir determinadas frases una y otra vez.

Estas afirmaciones, por sí solas, no purifican la mente, no activan mágicamente ningún circuito de recompensa cerebral ni transforman los conflictos que permanecen sin resolver. Cuando existe una distancia demasiado grande entre lo que sentimos y lo que intentamos convencernos de sentir, el efecto puede ser incluso contrario. En lugar de generar bienestar, nos recuerdan constantemente cuánto nos alejamos de ese ideal que creemos deber alcanzar. Al pronunciarlas, da la impresión de que en lugar de palabras sale una especie de vómito emocional: una repetición vacía que intenta tapar aquello que sigue necesitando ser escuchado.

Los mantras, por sí solos, pueden convertirse en un camino directo a la frustración cuando son utilizados como una estrategia para negar la realidad interna. No porque los mantras sean inútiles en sí mismos, sino porque ninguna frase puede sustituir el trabajo de observar honestamente nuestros pensamientos, emociones, heridas y contradicciones. Repetir "estoy en paz" no resuelve el resentimiento. Repetir "soy abundante" no elimina el miedo. Repetir "todo está bien" no transforma el dolor que sigue pidiendo atención.

La verdadera práctica contemplativa no consiste en imponer una experiencia emocional determinada, sino en desarrollar la capacidad de estar presentes ante lo que realmente ocurre. La atención consciente no busca fabricar estados de bienestar artificiales, sino ampliar nuestra capacidad de reconocer la experiencia tal como es. Paradójicamente, muchas veces el alivio llega cuando dejamos de intentar sentirnos mejor y comenzamos a comprender con honestidad aquello que estamos sintiendo.

Por eso, el valor de una práctica meditativa no reside en la repetición automática de frases positivas, sino en el desarrollo de una presencia capaz de observar sin huir. La transformación no ocurre porque nos repitamos una idea, sino porque aprendemos a relacionarnos de manera diferente con nuestra experiencia.

¿Es suficiente con meditar?

La meditación, por sí sola, no garantiza transformación. Puede abrir un espacio de observación, silencio y presencia, pero ese espacio necesita integrarse con una mirada honesta sobre la propia vida. No basta con sentarse a meditar si después seguimos repitiendo los mismos patrones, evitando las mismas conversaciones, justificando las mismas heridas o construyendo una identidad espiritual que no toca nuestras formas concretas de relacionarnos.

Por eso, junto con la práctica meditativa, es necesario desarrollar pensamiento crítico para distinguir si nuestras decisiones nacen de un deseo genuino de crecimiento o de una necesidad de escapar. A veces creemos que estamos eligiendo desde la conciencia, cuando en realidad estamos huyendo del conflicto, del dolor, de la responsabilidad o de la incomodidad de mirarnos con profundidad. El trabajo interior no consiste solamente en alcanzar estados de calma, sino también en cultivar gestión emocional, autoconocimiento, revisión de creencias y transformación de las identidades con las que nos hemos sostenido durante años.

Meditar puede ayudarnos a observar lo que sentimos, pero no sustituye el proceso de aprender a sentirlo, comprenderlo y expresarlo de manera madura. Puede ayudarnos a reconocer la rabia, pero no necesariamente nos enseña qué hacer con ella en una conversación difícil. Puede mostrarnos nuestro miedo, pero no toma por nosotros las decisiones que necesitamos tomar. Puede hacernos conscientes de una herida, pero no la repara automáticamente. La verdadera transformación exige llevar esa conciencia al cuerpo, al vínculo, al lenguaje, a las decisiones y a la forma en que respondemos ante la vida.

“Enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno y con el propósito justo… eso no resulta tan sencillo.”

Aristóteles

La vida sigue ocurriendo en el mundo de las relaciones, del trabajo, de las responsabilidades y de los conflictos. Los retiros espirituales pueden ser valiosos porque permiten detenernos, observarnos y tomar distancia del ruido cotidiano. Sin embargo, una cosa es retirarse temporalmente para mirar con mayor claridad y otra muy distinta es usar el retiro como una forma de huir de la realidad. La paz que no puede sostenerse fuera del espacio protegido de la práctica todavía necesita madurar.

La práctica contemplativa cobra sentido cuando se integra con la vida cotidiana. Se revela en la manera en que escuchamos, discutimos, ponemos límites, pedimos perdón, reparamos un daño, tomamos decisiones y sostenemos la incomodidad sin traicionarnos. El verdadero desarrollo no consiste en escapar de la experiencia humana, sino en habitarla con mayor consciencia. Meditar puede ser una puerta, pero atravesarla implica vivir con más responsabilidad, más honestidad y más presencia.

Reflexión final

La espiritualidad puede convertirse en una vía de transformación profunda o en una sofisticada forma de evasión. La diferencia radica en la honestidad con la que nos observamos. El objetivo no es eliminar el dolor, las emociones difíciles o los conflictos, sino desarrollar la capacidad de permanecer presentes frente a ellos.

Quizá la pregunta no sea cuánto meditamos ni cuántos retiros realizamos, sino qué hacemos con aquello que descubrimos cuando dejamos de escapar y nos atrevemos a mirar de frente nuestra experiencia humana.

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